miércoles, setiembre 17, 2014

CRIBA DE JULIÁN PÉREZ

CRIBA,  Es la novela ganadora del Premio Copé recibió una acertada lectura por parte de Santiago López Maguiña artículo que puede leerse en:  http://slopezma.blogspot.com/   y para ampliar su lectura Alfonso Torres Valdivia autor de : Inorgásmica, Limpiamundo, y otros libros nos envía la siguiente  reseña que damos a conocer.


Julián Pérez: Criba.Ediciones Copé, Lima, junio de 2014, 369 pp.

Sobre la violencia política ocurrida en los años ochenta se han escrito muchas novelas: Candela quema luceros, de Félix Huamán, Abril rojo de Santiago Roncagliolo, La hora azul de Alonso Cueto, Rosa cuchillo de Colchado Lucio y muchas más. Algunas de ellas,  son producto de pesadillas o interpretaciones subjetivas para explicarnos la violencia de esas décadas consideradas pérdidas para muchos economistas y sociólogos del primer mundo.
 Los autores de muchos de esos relatos, nos cuentan cómo la falta de fluido eléctrico arruinó su infancia. Es evidente que esa visión es parcial, se centra en  el terror que les produjo ser alumbrados por una vela, la explosión de un  coche bomba a pocos metros de su residencia y su repulsa a no poder pasear por parques y avenidas de anchas calles y vidrieras inmaculadas.  La historia de los que hicieron detonar dicho artefacto mortal no la cuentan, y si se toman el trabajo de describir a un subversivo es para resaltar el color cobrizo de su piel o los andrajos con que viste. El drama o el amor de esos jóvenes que trataron de acercar sus sueños a una realidad que los ignoraba no existen para esas mentes abocadas en alabar el sistema neoliberal y los encargados de vitalizarla.
Sin embargo, dentro de ese sinnúmero de obras que novelan la lucha subversiva, el que más se acerca a la verdad y cuenta la historia, no desde una ribera ni parapetado dentro de una unidad móvil con lunas antibalas, sino desde el infierno mismo, es la novela Criba de Julián Pérez. Si tiene una virtud esta obra, se evidencia en el análisis introspectivo y artísticamente válido para reconstruir la violencia extrema de esos años, donde la palabra, sin ningún rubor,  cedió paso a las armas.
Para informar sobre ese universo de violencia Julián Pérez se valió de una estrategia narrativa simple, pero interesante: un diálogo entre amigos, un manuscrito incompleto y el  monólogo de Evangelina son suficiente para contarnos la historia de Manuel Bajalqui, personaje central del relato. El reto de Julián, contarnos la historia de los años ochenta en Ayacucho sin caer en el panfleto o la banalidad sentimental se torna en real.
Este texto hermoso y reflexivo nos permite comprender esos años de violencia extrema. Si él logra atraer nuestra atención, es porque paralelamente al tema de la violencia le inocula el veneno del amor. A la mujer, a la familia, al terruño.
En esta novela, Julián crea como en Conversación en la Catedral, un universo onírico, abundante en personajes que ostentan cierta semejanza con individuos reales, pero que han sido transformados en fantasmas por la violencia o el amor, más allá de la vida. Debe destacarse la construcción de personajes en la novela: no son demasiados y están armados convincentemente, como es el caso del abuelo de Manuel. Este  educa a su nieto con leyendas y mitos ayacuchanos. Es un personaje épico, el héroe de Manuel, su paradigma, y sin querer, este lo emula en ese escenario de horror total y humor negro.
Si Criba logra convertirse en un relato conmovedor e inquietante, lo mejor de la novelística de la lucha subversiva en los años ochenta y noventa, ello se debe a que Julián Pérez trasciende el problema de la violencia política para ofrecernos la historia de una ciudad plagada de almas en pena con una metáfora eficaz, un pensamiento poético que nos permite adentrarnos en la mente de los jóvenes de esa época. Su fábula es de gran ayuda para entender la historia y el drama de Ayacucho.
Criba rinde culto al realismo, pero no puede desprenderse de un toque romántico.
 Por las páginas de la novela se deslizan los sueños y las pesadillas de Julián Pérez. No debemos olvidar que el autor de Criba es ayacuchano, y si alguien podía novelar esos años de dolor y angustia es justamente un nacido en esa tierra,  porque solamente una sensibilidad que estuvo muy cerca de los acontecimientos, de los meandros de la historia, podía producir un relato de esa calidad artística.
   Ayacucho es una ciudad destruida, poblada de fantasmas como Comala de Juan Rulfo, pero cuanto amor por esa tierra, sus habitantes y sus costumbres se deslizan por las páginas de Criba. Si hay un espacio para la desesperación este se debe a que ese mundo idealizado por el abuelo del personaje central se desmorona por una violencia, no irracional, sino nacida de la efervescencia producida por una juventud que dejó de lado los libros para empuñar las armas en una guerra, que como dice Evangelina, amada de Manuel: estaba perdida de antemano.


                                                                                 


1 comentario:

Rosaura Guerra Araujo dijo...

Julián Peréz es como un José María Arguedas. Él narra desde adentro de su Ayacucho querido.